Relato de una madre sobre la retirada del pañal
Quiero compartir con ustedes la experiencia de Alba, mamá de dos preciosos niños. Con cada uno vivió de diferente manera la etapa de “Adiós al pañal”. Nos cuenta con detalle sus sentimientos como madre en esta nueva etapa de sus pequeños y, sobre todo, la presión que reciben los niños y los padres cuando es verano, cuando los pequeños cumplen dos años y aún no están preparados para dejar el pañal.
Si ahora están pasando por esta presión social, o están pensando empezar con el proceso “Adiós al pañal”, creo que será muy útil y reconfortable leer a Alba.
Gracias, Alba, por tu tiempo y, sobre todo, por compartir tus sentimientos con nosotros. =)
“Cuando mi hijo mayor tenía dos años, yo estaba tan convencida como cualquiera de que era “la edad de dejar el pañal”. Además cumple en mayo, con lo que la conjunción planetaria era favorable: los mágicos 24 meses y la llegada del buen tiempo. Y planes de un nuevo embarazo, además, con lo que muchos conocidos nos aconsejaban “quitar de en medio lo de los pañales ahora, que por lo menos dormís medio bien y tenéis más tiempo”. No me considero especialmente propensa a hacer las cosas que hace “todo el mundo”, pero lo cierto es que me lo creía: era EL MOMENTO, así, en mayúsculas.
Me dio por pensar en el tema, y llegué a la conclusión de que no tenía ni idea de cómo hacerlo. Por entonces era yo muy autodidacta, vaya, que no tenía internet en casa y me movía por instintos e impulsos, sin grandes acopios de información. Y lo que se me ocurrió fue hacer un “ensayo general”, probar unos días a ver cómo era la cosa. Así lo hice durante unos días en abril, y lo que observé fue que daba lo mismo tener pañal o no: hacía pis si tenía ganas, sin decirme nada antes, durante ni después de hacerlo. No sabía muy bien qué ocurría, supuse que era parte del proceso natural, yo qué sé, me intentaba convencer a mí misma de que las cosas tenían que ser así…pero no me lo creía. Me lo había planteado como un ensayo, así que esperé y observé dos o tres días, y volví a ponerle el pañal pensando que la siguiente vez tendría que notar alguna diferencia para que funcionase.
Entonces ocurrió todo seguido: el planeado segundo embarazo llegó en seguida, y con él las primeras explicaciones al peque. Que sí, que quizás no habría pasado nada por contárselo algo más tarde, pero… ¡¡estábamos tan contentos que lo teníamos que compartir con él!! Y ahí hubo un cambio en su actitud frente al pañal: quería dejarlos para el bebé. También quiso dejarle las toallas pequeñas que aún usaba, y la colección de baberos y trapos varios. Yo aproveché su intención y volví a retirarle el pañal “a ver qué pasaba”. Y… pasaba más o menos lo mismo que la vez anterior, sólo que él insistía en que pañal no y retrete sí. Qué irónico el niño, decía que retrete sí, pero tardó un mes entero ¡un mes! en atinar un pis dentro de la taza. Ese fue nuestro verano: un mes de ropa mojada, y después otro mes de “anticipación”: ya no se hacía pis encima, pero sólo porque yo ya sabía cada cuánto tiempo necesitaba ponerlo en el baño. Acertaba prácticamente siempre, pero insisto: tardó otro mes en decir por primera vez que quería hacer pis. Para mí fue más o menos un suplicio, para él no: estaba tan contento.
No me arrepiento de haber insistido durante tanto tiempo con lo mal que estaba saliendo… voy a repetirlo: no me arrepiento ¡qué bien sienta decirlo, con la cantidad de dudas y frustraciones que nos suelen acompañar en la maternidad! Y no me arrepiento por dos motivos: nunca tuve la sensación de estar forzándole, y en todo caso lo hice lo mejor que supe y pude, fui la mejor mamá que en aquel momento podía ofrecerle. Sin embargo, sentía que habría sido más sencillo en otro momento, en otro estadio de madurez, de otra forma. Quizás no habiéndole hecho caso cuando insistió en que “pañal no” mientras demostraba necesitarlo.
Y de pronto, antes de darme cuenta, mi hijo pequeño cumplía dos años, y el fantasma de la operación pañal volvía a rondar mi mente. Lo había oído tantas veces que parecía irrefutable: a los 6 meses se mantienen sentados, al año caminan, a los dos años dejan el pañal. Como una especie de ley no escrita que nos tiene que marcar a todos. Aun así no lo tenía tan claro como se supone que hay que tenerlo, y dejé pasar las semanas (¡aquellas valiosísimas semanas de primavera en que la ropa se seca rápido y los niños no se constipan por mojarse una y otra vez!) hasta que un día él mismo se opuso a que le pusiera el pañal. Entonces ya no podía dudar, ¿verdad? Le toca, es la época adecuada, y además él lo quiere… ¡pues vamos! Todo parecía perfecto para lograrlo, todo excepto… bueno, excepto que mi peque no quería participar. Qué sé yo por qué aquel día no quiso que le pusiera el pañal, pero sin duda no era por querer controlar sus esfínteres ni utilizar el retrete ni el orinal. No sólo se hacía pis encima, y caca, sino que ni siquiera manifestaba incomodidad después. Seguía a lo suyo, sin más. En aquellos momentos me recordaba taaaanto a su hermano mayor… llegué a pensar que no había remedio, que tenía que ser así de difícil, que a lo mejor era genético, que mis hijos funcionaban así… Por suerte, el cuerpo de mi hijo tuvo mecanismos para hacerme saber que las cosas no iban bien: al segundo día sin pañal dejó de hacer caca. No habría sido raro, ya que se estriñe con facilidad, de no ser porque sí que tenía ganas de hacerla: se ponía rojo, se encogía, caminaba apretando las piernas, de todo con tal de no hacer caca. Y ni oír hablar de retrete.
Llevábamos unos meses utilizando el retrete cuando tenía dificultades para hacer caca, ya que parecía que la postura le facilitaba la tarea, pero aquel día empezó a huir del baño. Y yo, poseída por aquella frase (“es ahora o nunca” ¡¡ahora o nunca!! ¡como si se fuese a acabar el mundo!) insistí. Afortunadamente no insistí mucho: al día siguiente (el tercero de nuestra “operación pañal”), después de un rato de verle luchar contra su cuerpo para no hacer caca, le puse un pañal. No fue fácil, eh, él no quería ni verlo de lejos, aquellos dos días ponérselo para dormir había sido una odisea, pero llegó un momento en el que pensé que no podía seguir así, negándose la necesidad natural que tenía. Decidí que no hacía ninguna falta estar sufriendo los dos si podía evitarlo.
Durante unos días (pocos) no fue fácil ponerle pañales, se negaba con todas sus fuerzas. Y durante unas semanas (bastantes) no fue nada fácil capear las opiniones de todo el mundo. Sí, porque de pronto todo el mundo tenía derecho a opinar acerca del trasero de mi niño, y todo el mundo decía las mismas cosas, tan repetidas que aún oigo el eco:
-“cada cosa tiene su momento, y el pañal se quita a los dos años o no se quita bien”
- “tienes que aprovechar ahora con el buen tiempo, que en invierno es una tortura entre secar ropa y curarle catarros”
- “tienes que tener paciencia y firmeza hasta que se acostumbre, y si no lo pide déjale mojado un buen rato, que le moleste, para que no lo vuelva a hacer”
- “si das marcha atrás ahora te va a tomar por el pito del sereno, si se sale con la suya se te va a subir a las barbas y ya nunca serás capaz de quitárselo”
Creo que esta última era la que más me fastidiaba, daba a entender que mi hijo se meaba encima sólo por molestar, por demostrarme que él tenía el poder ¡valiente estupidez, si era un niño de dos años! Por suerte, una vez decidí compadecerme de él y evitarle el sufrimiento, no me dejé convencer por las frases hechas y lo dejé tranquilo, con su pañal en el culete y su sonrisa en la cara.
Pasaron los meses, y con más o menos 2 años y medio empecé a notar que algo estaba cambiando. No sabría decir exactamente el qué, pero todo en él parecía indicar un estadio de madurez diferente. Sí que recuerdo que yo sabía perfectamente cuándo acababa de hacer pis o caca (y no por el olor, ya me entendéis…): se acuclillaba, se quedaba muy quieto unos momentos, y al terminar la cara de satisfacción le acababa de delatar. Y aunque las pistas apuntaban a que el momento probablemente estaba cerca, yo ya estaba escamada y no me apetecía nada volver a buscarnos malos ratos a él ni a mí. Entonces hice lo que antes ni se me había ocurrido ¡qué cosas!: buscar ayuda, información y consejo. Y como las personas de carne y hueso que me encontraba no se salían del guión clásico y los cuatro consejos que no quería seguir, empecé a buscar en la web. Y aterricé en este blog: www.crecerjuntosconarte.com ¡me gustaría haber apuntado la fecha en que lo descubrí, porque desde luego fue una fecha importante para nosotros!
Pasaron los meses, y con más o menos 2 años y medio empecé a notar que algo estaba cambiando. No sabría decir exactamente el qué, pero todo en él parecía indicar un estadio de madurez diferente. Sí que recuerdo que yo sabía perfectamente cuándo acababa de hacer pis o caca (y no por el olor, ya me entendéis…): se acuclillaba, se quedaba muy quieto unos momentos, y al terminar la cara de satisfacción le acababa de delatar. Y aunque las pistas apuntaban a que el momento probablemente estaba cerca, yo ya estaba escamada y no me apetecía nada volver a buscarnos malos ratos a él ni a mí. Entonces hice lo que antes ni se me había ocurrido ¡qué cosas!: buscar ayuda, información y consejo. Y como las personas de carne y hueso que me encontraba no se salían del guión clásico y los cuatro consejos que no quería seguir, empecé a buscar en la web. Y aterricé en este blog: www.crecerjuntosconarte.com ¡me gustaría haber apuntado la fecha en que lo descubrí, porque desde luego fue una fecha importante para nosotros!
En muy poco tiempo leí y releí todas las entradas sobre pañales y con el rabillo del ojo comprobaba los movimientos de mi hijo al subir y bajar escaleras, al saltar, le evaluaba el desarrollo motriz hasta sin darme cuenta. ¿Por qué la observación de los movimientos de los niños no forma parte de esa sabiduría popular que te restriegan en la cola del súper? ¿por qué no nos cuentan que puede saberse si físicamente está preparado sin necesidad de intentarlo? ¿por qué asumimos que puede haber meses de diferencia entre un niño y otro en el momento de andar, salir los dientes o hablar, y luego para el pañal todo depende de que llegue “el verano de los dos años”? ¡¡Maldito verano de los dos años, caramba, cuánta presión innecesaria!!
Pues todo parecía decir que efectivamente estaba listo, con una “pequeña e insignificante” excepción: ÉL. Seguía sin querer acercarse al retrete ni al orinal, ni como un juego, ni siquiera como había hecho de más pequeño para evacuar las cacas difíciles. Y una, que ya no tenía ganas de líos, pues no quería intentarlo sin estar medianamente segura de tener alguna probabilidad de éxito. Entonces me decidí a consultar con Valentina, y ella empezó a orientarme con juegos, actividades y cuentos que podrían ayudarnos. Hicimos los deberes como chicos aplicados: jugábamos con agua y plastilina, hundíamos cereales haciendo puntería en el retrete, gritábamos “¡¡alto, voy al baño!!”… La verdad es que resultó divertido, eran un montón de actividades novedosas que hacíamos en familia, le atraían y nos hacían reír mucho a todos ¡algunas de hecho no las hemos dejado!
Y entonces ocurrió: cuando yo ya estaba buscando fecha para el gran día de quitarle el pañal de nuevo, una mañana al vestirlo me dijo con toda seriedad “¡pañal no!”. Justo lo mismo que unos meses antes. Le pregunté si quería ponerse un calzoncillo y hacer pis y caca en el retrete, y me dijo que sí rotundamente, así que fui a buscar los calzoncillos. Teníamos 17, que habían sido de su hermano mayor (ejem, sí, con el mayor necesitábamos muchos… ¡y más, si hubiésemos tenido!), y los 17 hubo que desdoblarlos y extenderlos sobre la mesa para que eligiera el que quería. Se lo puse, y empezó nuestro camino definitivo hacia el control de esfínteres.
No voy a decir que saliese todo maravillosamente a la primera, qué va, voy a ser sincera del todo: nos costó dos días. El primer día yo notaba cuándo estaba a punto de hacer pis, aunque él no me decía nada, pero si lo ponía no hacía ni una gota. Daba igual orinal, retrete con asiento reductor o retrete a secas, estaba en tensión y no aflojaba. Al cabo de un par de minutos se hacía pis encima, apenas unas gotas, como si sólo se permitiera aliviarse lo mínimo para seguir caminando, y claro, al momento de cambiarlo volvía a mojarse. Con la “dosis normal” de un pis podía mojarse tres o cuatro mudas de ropa. Sinceramente, el día se me hizo eterno, intentaba relajarle cuando iba al baño para que se confiara y lo dejara salir, pero me pasé el día lavando ropa. ¡¡Ponerle el pañal para acostarlo de noche fue un graaaan alivio!! El día siguiente fue de transición: ya hacía pis en el baño, pero no lo pedía siempre ni mucho menos. Y al tercer día se obró el milagro: no volvió a mojarse. Bueno, sí, volvió a mojarse alguna vez, cómo no, pero no volvió a hacerse pis encima sin avisar, sólo si no llegábamos a tiempo. ¿Os dais cuenta de lo que digo? ¡¡dos días!! ¡sólo dos días y tenía un niño capaz de avisar antes de ensuciarse! Y lo mejor de todo: sólo dos días y tenía un niño que lo había logrado con alegría, sintiéndose seguro, sin tensión.
Por aquel entonces resumí algunas de las cosas que aprendí en el proceso:
- quitar el pañal en verano puede ser infernal si el niño no está listo.
- quitarlo en noviembre puede ser perfectamente llevadero si es el momento adecuado.
- no necesitamos probar a quitárselo para saber si está preparado, hay síntomas que podemos observar.
- dar marcha atrás en mayo tras tres días de sufrimiento fue un acierto, y no me tomó por el pito del sereno ni se me subió a las barbas.
- los juegos y cuentos ayudan mucho, aunque nuestra adulta mente no comprenda cómo.
- buscar ayuda en el lugar adecuado puede marcar la diferencia ¡y qué diferencia!
Algunas curiosidades sobre mi hijo y su proceso, porque cada niño tiene sus peculiaridades y no ganamos nada llevándoles la contraria:
- No le gustan los pañales tipo braguita, los de subir y bajar. Cuando intentaba ponerle uno, se tumbaba y echaba las piernas hacia arriba, diciendo “así no, pónemelo bien”.
- No le convenció el orinal, ni el asiento reductor. Bueno, el asiento reductor le encantó como juguete una vez lo llenamos de gomets, y el orinal fue la nave espacial de su peluche durante un tiempo. Pero para hacer pis, la taza del retrete sin más. Amante del riesgo…
- Desde el primer día pasó la siesta, de unas tres horas, “en seco” ¡aunque hubo algún percance puntual, claro! y nunca tuvimos que frenar de golpe el coche para bajarlo a hacer pis en viajes de dos o tres horas. Eso sí, estando en casa puede hacer pis tres veces en una hora, sin complejos.
- El juego de hacer puntería con el pis intentando hundir cereales en el retrete le gustó muchísimo… como público. Estupendo si jugaban su padre y su hermano, pero él sólo probó una vez y “es que yo no sabo”.
-Subirse y bajarse la ropa llegó meses más tarde, medio año después aún le gusta que le ayudemos
- Ni hablar de “usas el retrete porque ya eres mayor”: “yo soy pequeñito, mi hemano es mediano, mamá es pequeñita y papá es gangue”. Y punto, en materia de tamaños ¡no hay discusión posible!
Y esta es mi experiencia, necesariamente distinta a la de cualquier otra mamá, válida sólo como ejemplo de lo diversos que son nuestros hijos, lo importantes que son sus ritmos y el daño que podemos hacerles -y hacernos- guiándonos por el calendario oficial en lugar del suyo. ¡¡Para eso, y para desmentir los consejos más habituales que padecemos cuando se acerca el temido verano de los dos años!!” Alba.
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